La reciente concesión del Premio Nacional de Música 2025 a Amaury Pérez Vidal ha generado reacciones encontradas dentro y fuera de Cuba. Para algunos, se trata del reconocimiento a una carrera extensa dentro de la canción de autor; para otros —entre los que me incluyo—, la decisión vuelve a evidenciar una práctica recurrente en la política cultural cubana: premiar la cercanía ideológica y la fidelidad institucional por encima del impacto artístico real y la diversidad del panorama musical contemporáneo.
El Premio Nacional de Música es, en teoría, el máximo galardón que puede recibir un creador en ese ámbito. Debería distinguir trayectorias excepcionales, aportes transformadores y una influencia profunda en la identidad sonora del país. Sin embargo, la pregunta que muchos se hacen en 2025 es incómoda, pero necesaria: ¿es Amaury Pérez el músico más relevante, influyente o innovador que tiene hoy Cuba?
Una carrera respetable, pero no excepcional

Amaury Pérez Vidal es, sin dudas, un compositor con oficio. Surgido en el entorno de la Nueva Trova, ha mantenido una carrera constante desde finales del siglo XX, con canciones que han acompañado programas televisivos, actos oficiales y espacios institucionales. Su obra, sin embargo, no ha marcado rupturas estéticas, ni ha redefinido géneros, ni ha generado una escuela musical identificable.
Buena parte de su repertorio es funcional: música para contextos específicos, para consumos determinados, con letras que rara vez incomodan o interpelan. En un país donde la música ha sido históricamente un espacio de riesgo creativo, experimentación y rebeldía simbólica, la obra de Amaury Pérez se ha movido, más bien, en terrenos seguros.
Eso no lo invalida como artista, pero sí cuestiona la magnitud del reconocimiento recibido.
Otros músicos, otros silencios
El año 2025 encuentra a Cuba con un panorama musical amplio, diverso y, paradójicamente, poco reconocido desde las instituciones oficiales. Existen compositores, intérpretes y creadores —dentro y fuera de la Isla— con trayectorias más influyentes, mayor impacto internacional y una obra más arriesgada y sólida.
Sin embargo, muchos de esos nombres comparten una característica incómoda para el poder cultural: no responden, no obedecen o no legitiman el discurso oficial. En ese contexto, la concesión del premio a Amaury Pérez no parece una sorpresa artística, sino una decisión política previsible.
Cultura y poder: una relación conocida

Amaury Pérez mantiene desde hace años una relación estrecha con las instituciones culturales del Estado cubano y ha expresado públicamente su respaldo al gobierno en múltiples ocasiones. Ha defendido el discurso oficial incluso en momentos de crisis social, represión o éxodo masivo de artistas e intelectuales.
Este posicionamiento no es ilegal ni ilegítimo en sí mismo, pero sí resulta relevante cuando se analiza por qué ciertos creadores reciben premios y otros son sistemáticamente ignorados. En Cuba, los galardones nacionales no son solo reconocimientos artísticos: son también instrumentos de validación política.
La pregunta, entonces, no es solo por qué Amaury Pérez recibió el premio, sino por qué otros no pueden siquiera aspirar a él.
El Premio como mensaje
Otorgar el Premio Nacional de Música 2025 a Amaury Pérez envía un mensaje claro al sector cultural: la coherencia ideológica sigue siendo un valor premiable. No se trata únicamente de evaluar partituras, discos o letras, sino de premiar una conducta, una postura, una lealtad sostenida.
Esto termina vaciando de prestigio al propio galardón. Cuando los premios dejan de sorprender, de generar consenso o de reflejar la complejidad real de la cultura, pierden su razón de ser.
¿Reconocimiento o conformismo?
No se discute que Amaury Pérez tenga derecho a una valoración positiva de su carrera. Lo cuestionable es que, en 2025, con un país musicalmente fragmentado, diverso y profundamente creativo, se vuelva a mirar hacia el mismo perfil de artista institucionalizado, mientras se ignoran generaciones enteras que han renovado sonidos, discursos y públicos.
El Premio Nacional de Música debería ser una celebración de la excelencia artística, no un acto de continuidad política. Mientras eso no cambie, cada nuevo galardón seguirá despertando más escepticismo que orgullo.
Porque la música cubana es mucho más grande, más plural y más valiente que los premios que hoy se le conceden.
