Periódicos en extinción: Granma reduce su tiraje y desaparecen medios provinciales que nadie leía

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La crisis económica obliga a racionar el papel para publicaciones que hace años perdieron toda credibilidad, en un ecosistema mediático donde la información oficial compite con la realidad que los cubanos viven en la calle
En cualquier esquina de La Habana, la escena se repite: un vendedor de periódicos ofrece el ejemplar del día junto a un paquete de chicles y unas galletas. Los transeúntes pasan de largo, quizá con una mirada de indiferencia, quizá con una sonrisa irónica. Nadie compra. Nadie lee. Los periódicos cubanos, otrora herramientas fundamentales de la propaganda revolucionaria, se han convertido en piezas de museo que circulan por inercia.
La noticia de que el gobierno reducirá drásticamente el tiraje de Granma y eliminará varios periódicos provinciales por falta de recursos no ha causado revuelo. En las colas del pan, en los portales de Centro Habana, en los talleres de triciclos, la reacción ha sido unánime: «¿Y eso qué importa? Si ahí nunca sale nada».
El papel no alcanza, pero tampoco importa
La decisión oficial, anunciada como parte de una reestructuración del sector presupuestado, responde a una realidad ineludible: no hay papel, no hay tinta, no hay combustible para distribuir periódicos que, en rigor, hace años que dejaron de ser relevantes para la población. El Granma, órgano oficial del Partido Comunista, verá su circulación restringida a un número simbólico de ejemplares, destinados principalmente a instituciones y funcionarios. Los periódicos provinciales, esos que nadie recordaba que existían hasta que anunciaron su desaparición, dejarán de imprimirse o migrarán a versiones digitales que pocos consultan.
La medida supone un duro golpe simbólico para un régimen que siempre consideró la prensa escrita como un pilar fundamental de su estrategia comunicacional. Pero el golpe duele más en las estadísticas que en la calle. Porque los cubanos dejaron de creer hace tiempo.
Un filtro que vacía de contenido
El problema de fondo no es la falta de papel, sino la falta de credibilidad. Los periódicos cubanos, sometidos a un filtro ideológico que depura cualquier información incómoda, se han convertido en boletines oficiales donde las páginas se llenan de discursos de Díaz-Canel, fotos de reuniones del Partido y titulares que parecen escritos en otro idioma: «Destacan avances en la zafra», «Ratifican voluntad de resistir», «Pueblo unido frente al bloqueo».
Mientras tanto, en la realidad, la gente hace cola para comprar un pollo que no aparece, cocina con leña en los patios y se alumbra con velas cuando la luz se va, que es casi siempre. Esa desconexión entre lo que publica la prensa oficial y lo que vive el cubano de a pie ha vaciado de sentido a los periódicos.
«¿Para qué voy a comprar Granma? Si quiero saber lo que realmente pasa, pregunto al vecino, miro las redes sociales o escucho a los que vienen de afuera», resume un habanero de 50 años mientras arregla una bicicleta en la calle. Su opinión no es una excepción: es la regla.
Autofinanciación forzosa: el Estado se lava las manos
La orden gubernamental de que al menos 28 medios de comunicación abandonen su dependencia total del presupuesto estatal y aprendan a autofinanciarse añade un nuevo capítulo de sainete a esta historia. Según explicó el ministro de Finanzas y Precios, Vladimir Regueiro Ale, los medios deberán buscar anunciantes, patrocinios y otras vías de ingresos para sobrevivir .
La lógica perversa del sistema queda al descubierto: el Estado mantiene el control absoluto de los contenidos, pero ya no quiere pagar la factura. La pregunta flota en el aire: ¿qué anunciante va a pagar por espacios en periódicos que nadie lee? ¿Qué empresa, en una economía deprimida donde el 96% de las mipymes están al borde del colapso, va a invertir en publicidad en medios que no tienen audiencia?
«Nos piden que seamos rentables, pero sin cambiar la línea editorial. Es como pedirle a un vendedor de hielo que facture en el Polo Norte», resume, en off, un periodista de un medio provincial que prefiere no dar su nombre.
La paradoja de existir sin ser leídos
La decisión gubernamental plantea una contradicción que ni los más optimistas saben cómo resolver. Por un lado, se insiste en que los medios deben mantener su función como instrumentos de propaganda revolucionaria. Por otro, se les exige que generen ingresos en un mercado donde la propaganda revolucionaria no vende.
Regueiro Ale habló de crear «fórmulas ingeniosas compatibles con el proyecto socialista», pero no ofreció ejemplos concretos. Mientras tanto, en las redacciones de los periódicos provinciales, los periodistas miran al techo y se preguntan cuánto tiempo pasará antes de que les digan que ya no hay trabajo.
El eco del silencio
La reducción de Granma y la desaparición de los periódicos provinciales no cambiará la vida de los cubanos. Seguirán informándose por WhatsApp, por las páginas independientes que logran colarse entre los cortes de internet, por el boca a boca que nunca falla. Lo que cambia es el símbolo: el régimen admite, sin decirlo, que ya no puede sostener ni siquiera su propia propaganda.
Mientras tanto, en los quioscos de periódicos, los pocos ejemplares que aún se imprimen acumulan polvo. Alguien los usará para envolver pescado, para forrar una gaveta, para encender el fogón de leña. Para lo que siempre sirven cuando dejan de servir para informar.
