Cinco toneladas de solidaridad en un mar de necesidades: la flotilla «Nuestra América» llega a Cuba mientras el pueblo clama por libertad

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La avanzada del convoy internacional, apoyado por Greta Thunberg y figuras como Jeremy Corbyn, entregó insumos médicos en hospitales de La Habana. Pero mientras los activistas celebran su gesto humanitario, en las calles de Morón aún humea la sede del Partido Comunista y un adolescente de 15 años se recupera de un balazo. La ayuda alivia el hambre de unos pocos, pero no calma la sed de libertad de todo un pueblo
Un avión cargado de esperanza tocó tierra esta semana en La Habana. A bordo, 120 activistas internacionales y cinco toneladas de insumos médicos valorados en 500.000 dólares, listos para ser distribuidos en hospitales maternos, oncológicos y pediátricos de la capital . Es la avanzada de «Nuestra América Convoy», una iniciativa solidaria que promete traer más de 20 toneladas de alimentos, medicinas y equipos de energía solar a la isla, con el respaldo de figuras como la activista climática Greta Thunberg, el expolítico español Pablo Iglesias y el exlíder del Partido Laborista británico Jeremy Corbyn .
Las imágenes conmueven: directores de hospitales agradeciendo la «vital ayuda» en «momentos tan difíciles», activistas griegas hablando de solidaridad internacional, una flotilla mexicana anunciada para el fin de semana y 140 personas desde Miami que volarán el viernes para sumarse al convoy . Sin duda, un gesto loable que aliviará el sufrimiento de algunos pacientes y demostrará que, como dijo Corbyn, «la mayoría de las personas alrededor del mundo están del lado del pueblo cubano» .
Pero mientras los reflectores de la solidaridad internacional apuntan a La Habana, la realidad en el resto de la isla cuenta una historia muy distinta.
El drama que la ayuda no puede tapar
Porque cinco toneladas de medicinas, por necesarias que sean, no devuelven la electricidad a los 16.000 pacientes con cáncer que necesitan radioterapia y no pueden recibirla por los apagones . No ponen en marcha las ambulancias que, por falta de combustible, demoran la atención de urgencias . No llevan agua potable al millón de cubanos que dependen de camiones cisterna que tampoco pueden operar . Y, sobre todo, no responden a la pregunta que late en cada rincón de la isla: ¿hasta cuándo?
La crisis humanitaria que enfrenta Cuba no es un secreto. La ONU lleva semanas advirtiendo que el sistema de salud se acerca a un «punto crítico», que más de 12.000 pacientes dependientes de quimioterapia no pueden recibir su tratamiento, que las cadenas de frío de los alimentos están colapsando y que la disponibilidad de productos básicos se ha reducido drásticamente en todo el país . El coordinador residente de Naciones Unidas en Cuba, Francisco Pichon, lo dijo sin rodeos: «El riesgo para la vida de las personas no es retórico; los que sufren primero y más son la gente común, especialmente los más vulnerables» .
El grito que no calla
Y esa gente común, esos «más vulnerables», han tomado las calles. Lo que comenzó como cacerolazos en La Habana se ha extendido como pólvora por toda la isla. En Morón, Ciego de Ávila, la ira popular alcanzó un símbolo que parecía intocable: la sede municipal del Partido Comunista fue incendiada por vecinos hartos de más de 30 horas sin electricidad .
La respuesta del régimen no se hizo esperar. Y tuvo nombre y rostro: Kevin Samuel Echeverría, un adolescente de 15 años que recibió un disparo en el muslo mientras protestaba. Su caso, documentado por organizaciones de derechos humanos, se ha convertido en el emblema de una represión que ya no respeta ni la infancia. Mientras tanto, el escritor Jorge Fernández Era permanece en paradero desconocido, otra víctima de una estrategia de desaparición que la propaganda oficial niega pero que los hechos confirman .
La hipocresía de la «ayuda humanitaria» que sostiene al régimen
Aquí radica la contradicción que pocos se atreven a señalar. Cada tonelada de alimentos que llega, cada insumo médico que se entrega, cada gesto de solidaridad internacional termina, quiérase o no, aliviando la presión sobre un gobierno que utiliza esos recursos para mantener su control mientras reprime a quienes exigen cambio.
Pablo Iglesias, uno de los impulsores del convoy, declaró que «defender al pueblo cubano es defender la soberanía y la libertad contra la lógica criminal del bloqueo» estadounidense . Pero, ¿qué soberanía es esa que no permite a los cubanos elegir a sus gobernantes? ¿Qué libertad es esa que encarcela, golpea y hiere de bala a adolescentes que solo piden luz y comida?
El propio Jeremy Corbyn, en su comunicado, denunció que «por más de seis décadas el bloqueo de Estados Unidos ha tratado de sofocar a Cuba» . Tiene razón. Pero omite mencionar que durante esas mismas seis décadas, el régimen castrista ha sofocado cualquier intento de los cubanos por construir un futuro diferente, por pensar distinto, por alzar la voz.
Lo que el pueblo realmente necesita
La ayuda humanitaria es necesaria, sí. Los hospitales necesitan medicinas, los niños necesitan comida, los ancianos necesitan atención. Pero confundir esa necesidad con un respaldo al sistema que ha llevado al país a esta situación es un error que la historia juzgará con dureza.
Lo que el pueblo cubano realmente necesita no son migajas de solidaridad que terminan apuntalando a sus verdugos. Lo que necesita es poder elegir. Necesita libertad de expresión, de prensa, de asociación. Necesita un sistema judicial independiente que no encarcele a quienes piensan diferente. Necesita poder decidir su futuro sin que una casta enquistada en el poder desde 1959 decida por ellos.
Lo dijo claramente el sociólogo cubano Haroldo Dilla en una entrevista reciente: «La crisis actual no es solo energética o alimentaria; es una crisis de legitimidad política. El régimen ya no puede gobernar, solo reprimir. Y la represión, como estamos viendo en Morón, ya no alcanza para contener la ira popular».
Solidaridad sí, pero no con los opresores
México, por ejemplo, se ha convertido en el principal «tanque de oxígeno» para la isla, enviando crudo y alimentos para intentar mitigar los apagones que paralizan la cadena de frío . Un gesto que, según analistas, responde más a una «inversión de estabilidad» —evitar una oleada migratoria descontrolada— que a una verdadera solidaridad con el pueblo . Pero ese combustible, esos alimentos, terminan siendo gestionados por el mismo gobierno que reprime a sus ciudadanos.
La pregunta incómoda que los activistas internacionales deberían hacerse es: ¿estamos ayudando al pueblo cubano o estamos ayudando al régimen a sobrevivir un poco más? ¿Nuestros gestos solidarios terminan en los hospitales que tanto lo necesitan, o en la estructura gubernamental que utiliza la crisis como excusa para perpetuar su control?
Mientras las cinco toneladas de insumos médicos se distribuyen en La Habana, en las calles de Morón el eco de los calderos sigue sonando. En los hospitales, los pacientes oncológicos esperan turnos que nunca llegan. En las escuelas, los niños aprenden en la oscuridad. En las comisarías, los detenidos políticos siguen sin juicio.
La solidaridad internacional es bienvenida. Pero no puede convertirse en una coartada para ignorar la verdadera demanda del pueblo cubano: libertad. Mientras esa demanda no sea escuchada, cualquier ayuda será solo un parche en una herida que necesita cirugía mayor.
Como escribió un usuario en redes sociales tras conocer la llegada del convoy: «Gracias por los medicamentos, de verdad. Pero lo que necesitamos no es que nos den pescado. Necesitamos poder pescar nosotros mismos. Y para eso, necesitamos libertad».
Esa es, al final, la única ayuda que realmente cambiaría Cuba. Y esa, por ahora, no viene en ningún barco.
