Pan amasado a mano y hecho en hornos de leña en Guantánamo.

Imagen/Periódico Escambray
En Guantánamo, hacer el pan ya no es cosa de máquinas. Ante la escasez crónica de combustible y los apagones que no dan tregua, la provincia ha tenido que retroceder medio siglo para mantener vivo el producto estrella de la canasta básica: hornos de leña, amasado manual y reparto en bicitaxis o carretas.
La decisión, anunciada por autoridades locales, suena a plan de guerra en tiempos de paz. De las 83 panaderías que aún conservan hornos de leña en la provincia, 22 estaban fuera de servicio. Hoy están en reparación urgente, no por capricho, sino porque los hornos eléctricos —dependientes de un sistema eléctrico colapsado— ya no son opción.
Pero el problema no termina en el horneado. Las amasadoras también dependen de la electricidad, y sin electricidad no hay masa. Así que, sencillamente, se amasa a mano. Trabajadores de otras áreas han sido reubicados para reforzar las cuadrillas que, literalmente, empujan, estiran y golpean la masa como se hacía antes de que existieran los motores.
En las zonas rurales, donde el pan se consume menos, la cosa resulta más llevadera. Pero en la ciudad de Guantánamo y en las cabeceras municipales, la demanda es otra historia. Producir cientos de panes diarios con brazos humanos y fuego de leña es un esfuerzo titánico. Las autoridades insisten en que han reorganizado el personal y que la calidad del pan no se resentirá. También piden “apoyo y comprensión”, esa frase que en Cuba suele preceder a cualquier anuncio de carencia.
Luego viene el reparto. Sin diésel para los camiones, el pan sale de las panaderías en bicitaxis, triciclos y coches tirados por caballos. No es una postal bucólica. Es la imagen de un país que va hacia atrás porque no encuentra camino hacia adelante.
Las autoridades lo llaman “condiciones excepcionales”. Pero en Guantánamo, como en buena parte de la isla, lo excepcional lleva meses instalado en la rutina. El pan sigue saliendo, sí. Pero el humo de los hornos de leña que vuelve a levantarse en las ciudades cubanas no huele a tradición. Huele a crisis.
